«Me gustaría tirar a Laia por la ventana. Ojalá se fuera.»
La primera vez que mi hijo me dijo esto, lo dijo como quien dice voy a comprar zanahorias. La frase se me clavó en el pecho. No me gustaba nada lo que decía. Estuve a punto de decirle «no, es tu hermana y tienes que quererla». Recordé justo a tiempo lo que había leído y me callé.
Porque no lo decía para hacer daño. Había rabia, dolor y confusión. Y si le cortaba, en el fondo le estaba diciendo que lo que sentía no estaba bien. Que tenía que guardárselo. Y yo no quiero que se lo guarde.
Leyendo el libro Educar rompiendo el molde, de Valeria Aragón, que recomiendo muchísimo, entendí por qué no debía cortarlos. Habla de las cinco libertades que Virginia Satir, pionera en terapia familiar, describió para las personas: libertad de ser quien eres, de expresar lo que sientes y lo que piensas, de pedir lo que quieres, y de arriesgarte y tomar tus propias decisiones. Cuando una persona puede hacer todo esto, dice Satir, se vuelve más segura y crea relaciones más sanas. Aragón las aplica a la educación de nuestros hijos e hijas. Y me ha hecho pensar.
Porque, ¿cuántas veces, sin darme cuenta, los corto? ¿Cuántas veces los interrumpo con mi idea, con mi explicación de cómo tienen que hacer las cosas o de cómo se tienen que sentir… Venga, que no es para tanto. No te pongas así por esto. Frases que salen de forma automática, sin pensar. Pero para ellos sí que es para tanto. Lo que sienten es real y es suyo. Y necesitan que los escuche y los valide.
Mi hijo no para. Se levanta de buena mañana con la energía a tope y no desconecta hasta las 21.30 de la noche —normal, a su edad, pero es que no para. Y a veces me pillo pensando vaya, si fuera un poco más tranquilo… Y en ese momento no lo estoy viendo tal como es. Estoy viendo lo que me gustaría que fuera.
Cuando mi hija tarda diez minutos en ponerse los zapatos porque se los quiere poner sola —y diez minutos a la hora de salir son una eternidad, todo el mundo lo sabe. El impulso es cogerle el pie y hacerlo yo. Pero intento aguantarme. Porque ella quiere poder hacerlo sola. No siempre me aguanto, claro. A veces le pongo yo los zapatos, le cierro la mochila, le hago lo que ella podría hacer. Y no pasa nada.
Valeria Aragón es madre, educadora y coach ecointegrativa. La puedes encontrar valeriaaragon.es y elevacampus.com.
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