Me fascina su admiración. Cuando los veo absortos con algo, sé que están absolutamente presentes en ese momento, inmersos en lo que está sucediendo. Aquel hormiguero, aquel saltamontes, aquella hoja es todo su mundo durante un rato.
Y no solo lo miran, lo descubren. Para ellos, cada hormiguero es el primer hormiguero del mundo. Pueden quedarse media hora mirando cómo una hormiga carga un trozo de hoja cien veces más grande que ella, o soplando una flor de diente de león una vez y otra, solo para ver cómo vuela. Y mientras miran, el tiempo se detiene. No hay prisa, no hay reloj.
Me encantan estos momentos. Veo su admiración por lo que los rodea, sus ganas de descubrir y me flipa. Cada pequeño detalle puede convertirse en toda una experiencia.
No siempre es posible pararse… porque llegamos tarde, porque tenemos que ir a comprar… Pero la verdad es que muchas veces sí podemos. Ir cinco minutos más tarde a comprar no es ningún drama. A veces el drama me lo fabrico yo sola, con mi impaciéncia.
Y quedarnos allí, agachados, mirando una hormiga como si no hubiera nada más importante en el mundo, porque, en ese momento, no lo hay, me conecta con ellos y conmigo.
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