Maternitat, puerperi, postpart

Lo que no se explica

Porque nadie te lo explica, porque no se ve, porque lo que se transmite habitualmente es la versión idealizada de ser madre. Serás muy feliz con un bebé, te sentirás realizada, es la mejor experiencia que puedes tener en la vida… Y… ¿Todavía no tienes hijos? ¿No quieres tener? «Uy, se te va a pasar el arroz…» Muy típico y muy gastado ya. ¡Por favor, que la gente deje de decirlo! Fui madre por primera vez con 43 años. Así que imaginaos cuántas veces me tocó oírlo.

Mi primer postparto —o puerperio, que tiene más sentido que eso de «cuarentena»— no duró cuarenta días. Duró cien… o más. Fue largo y doloroso. Recuerdo los puntos que no acababan de curarse, el dolor constante, no poder estar mucho rato ni de pie ni sentada. Tenía que estar tumbada. Me preguntaba si aquello era normal y si duraría mucho. Se me hizo muy largo. Lloraba, lloraba por dentro y por fuera.

Y con todo esto, la lactancia. La subida de la leche —qué dolor en el pecho—, el pequeño que no se enganchaba bien, los pezones que dolían, la duda constante: ¿lo estoy haciendo bien? ¿Coge suficiente peso? ¿Le tendría que dar suplemento? ¿Me saco leche? ¿Le doy biberón? Temía el momento de dar el pecho. Me dolía muchísimo. Mi cerebro estaba confuso; dar el pecho llorando era algo que no me había imaginado.

Estaba agotada y aquello era solo el principio. Me pilló desprevenida. Me faltaba información. ¿Cómo podía ser que me hubiera informado tanto del parto y me hubiera olvidado del postparto?

El shock fue monumental. Mi vida, patas arriba del todo. De golpe tenía un bebé en brazos que dependía absolutamente de mí para vivir. Que básicamente lloraba. Lloraba porque tenía hambre, tenía sueño, o calor o frío, o porque todo era nuevo para él. Un bebé que necesitaba sentirme cerca todo el rato, escuchar mi voz, mi respiración, notar mis caricias, ver mis ojos… Y te das cuenta de que todo lo que habías pensado que harías cuando el bebé durmiera es sencillamente imposible. Hasta ducharse se convierte en algo muy difícil de conseguir. Madres del mundo, ¿cuántas veces os habéis duchado con el bebé dentro del baño diciéndole cosas para distraerlo mientras intentáis enjabonaros? ¿O os habéis duchado en un tiempo récord esperando que en esos diez minutos no se despierte?

Me sentía desbordada. Nadie me había explicado que puedes sentirte muy triste después de tener un hijo. Muy frustrada y enfadada. Y que eso es normal. También me sentía culpable, claro. No puede ser que tengas un hijo precioso y no estés feliz, me decía. La madre idealizada se cuela por todas partes.

Y en medio de todo el caos y la confusión, pasa algo maravilloso: nace un vínculo profundo y único. Un amor que no se parece a nada de lo que habías sentido antes.




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