Nuestras tablillas Kapla llegaron de segunda mano. Unos primos nos regalaron dos juegos que eran suyos y que ya no usaban —los habían conservado durante diez años. Diez años. Algo deben de tener.
En casa las sacamos a menudo. Pol, que tiene seis años, es el arquitecto oficial: torres altísimas, y construcciones cada vez más elaboradas. Laia, con tres años y medio, espera el momento del gran derrumbe —y se lo pasa pipa. A veces nos ponemos todos juntos y hacemos la torre entre todos. Poniendo taburetes sobre sillas para conseguir llegar al techo.
El Kapla es simplemente un conjunto de tablillas todas iguales, sin encajes ni instrucciones. Nada más. Sirven para todo —solo hace falta ponerle imaginación. Y precisamente por eso funciona: cada niño juega como quiere, a su ritmo y a su nivel.