Mis hijos están insoportables, y yo muy cansada. Una combinación explosiva.
Hace rato que los escucho discutir desde la cocina. No los veo, pero me los imagino.
— Laia, ¿sabes hacer esto?
— No lo haces nada bien. Se hace así —dice Pol, haciendo el pino en el sofá.
Laia le saca la lengua.
— ¡Eres un tonto! Sí que sé hacerlo.
— Lo haces fatal.
— ¡Que sí!
— ¡Que no!
Ya estamos otra vez.
— ¡TONTO!
— Pues tú eres una niña pequeña que no sabe hacer nada.
Silencio. Justo antes de la tormenta.
Y entonces a Laia le sube la rabia. Esa rabia de tres años y medio que se apodera de ella de golpe. Va hacia Pol y lo araña con fuerza. Él responde, claro.
Dejo lo que estoy haciendo. Voy.
Laia llora, todavía con la rabia encima. Pol también llora, tocándose el brazo, donde le ha quedado la marca roja de las uñas. Yo todavía no lloro. Pero tengo ganas. Se pelean casi sin tregua desde hace días.
— ¡Basta! —digo, justo cuando Laia se tira otra vez encima de Pol.
Los dos gritan a la vez, uno sobre el otro, cada uno defendiéndose. Los separo.
— ¡Ha sido Pol!
— ¡No, ha empezado Laia!
— ¡Él me ha dicho tonta!
— ¡Ella me ha arañado!
Nadie escucha a nadie. Hablan los dos a la vez, cada vez más fuerte, como si ganara quien grite más.
— Basta, basta. basta!.
Tres veces lo digo, y ninguna sirve de nada.
— ¡YA ESTÁ BIEN!!!BASTA!!!
Grito yo, más fuerte que los dos juntos.
Estamos en esa etapa. La de las peleas por cualquier cosa —un juego, un sitio en el sofá, quién lo hace mejor, quién llega antes…Sin tregua. Sé que es normal que se peleen pero es agotador.
Me gustaría no gritar. Pero hoy no puedo.
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