Ayer perdí los papeles estrepitosamente. Me enfadé mucho con mi hijo y perdí el control. La rabia tomó el timón en medio de un temporal de olas gigantes.
Lo noté. Noté cómo el calor me subía por el pecho. Cómo se me tensaba la mandíbula. Y la voz salió gritando antes de que yo decidiera nada.
Porque la rabia no pide permiso. Te inunda. Lo ocupa todo.
Y yo me veía. Me veía desde fuera, gritando, y no podía parar.
Después llegó la calma. Y con la calma, la culpa. La culpa es una voz conocida. Lo has asustado. Esto le marcará.
Pero hay otra cosa que también sé.
Un grito duele. Y a menudo no sirve para nada. No quiero minimizarlo. Pero el vínculo no se decide en un solo momento.
El apego seguro es la confianza que tiene un niño de que, cuando lo necesite, el adulto estará y responderá. No significa que el adulto no falle nunca. Significa que, cuando falla, vuelve. Y que el niño lo sabe. Lo explica el psiquiatra Mario Marrone, que trabajó durante años con John Bowlby, el creador de la teoría del apego, en La teoría del apego: un enfoque actual.
Romper y reparar. Romper y reparar. Así, una y otra vez.
Yo me lo imagino como un hilo. Se puede tensar. Puede volverse fino. Pero si lo vuelves a coger, sigue siendo el mismo hilo.
Cuando me calmé, fui a buscarlo. Le dije que le había gritado mucho. Que estaba muy enfadada, pero que no tenía que hablarle así. Que lo sentía.
No le di un sermón. No le pedí que me entendiera. Solo volví.
Nos abrazamos.
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